La mujer en busca de la reciprocidad

Su búsqueda se prolongó durante años.

Caminó por bosques y oscuros ríos, subió montañas y descendió por luminosos valles…

No encontraba lo que había salido a buscar.

La naturaleza le parecía perfecta en su quietud, perfecta en su imperfección… Quizás era demasiado perfecta para una búsqueda tan importante. Quizás debía meter imperfección en la ecuación.

Buscó personas.

Y atravesando pequeños pueblos, llegó a la gran ciudad.

Al principio le pareció magnífica.

Tras caminar descalza por el mundo salvaje se dejó maravillar por sus comodidades y su grandeza. 

Después de observar un tiempo, vio que todos eran buscadores, y decidió empezar a preguntar directamente. Si todo el mundo buscaba algo, tal vez, alguien más buscara la reciprocidad o, tal vez, alguien ya la había encontrado y podía ayudarla.

Fue intentando hablar con los extraños habitantes de aquel lugar, pero no tuvo mucho éxito en sus interacciones. Poco a poco, fue comprobando cómo eran. 

En aquella urbe convivían muchas especies diferentes. Algunas eran seres extraños, con motivaciones extrañas y valores incomprensibles para nuestra protagonista. Otras, eran perspicaces, sus palabras decían que buscaban verdad y bondad pero sus actos no se correspondían con sus palabras. 

Esto tardó en verlo y fue lo que más le sorprendió de aquel lugar: La ambivalencia.

Todo era ambiguo: las personas decían que buscaban algo, lo tenían frente a ellas, lo miraban y, extrañadas, daban media vuelta en dirección contraria. 

La mujer sintió compasión. 

Tras ver este comportamiento en repetidas ocasiones, un día decidió acercarse a uno de aquellos extraños buscadores.

—Hola. Disculpa. Mira, yo tengo mapas. Si quieres te ayudo.

Aquel ser de ojos semicerrados la miró con extrañeza.

—¿Un mapa? No sé qué es.

—Te puede ayudar a encontrar lo que buscas, si me dices qué es, lo buscamos juntos en el mapa.

—Pues yo buscaba la felicidad, creo.

—Ah, vale, eso es fácil. Es una meta común. Yo la he buscado por mucho tiempo y descubrí que el camino correcto hacia la felicidad está en ser fiel a tus valores y principios. Cuando lo haces, aparecen unas piedras afiladas en el camino, son muy peligrosas porque salen cuando menos te lo esperas y hay que tener cuidado con ellas. Bueno, en realidad, no siempre salen de modo inesperado, a veces las puedes ver asomarse. Con el tiempo, aprendes a verlas aparecer. Pero si logras descubrir y, después, seguir tus valores naturales (los que te hacen ser realmente tú) con un poco de calma acaban desapareciendo. Te recomiendo hacer una lista.

—¿Una lista?

—Sí, de tus valores. Antes de emprender tu camino hacia la felicidad, en mi experiencia, creo que lo mejor es pararte, escribir tu lista de valores, lo que quieres y lo que no, lo que permites en tu vida y lo que no… Después actúas en base a ello y todo es más fácil. Y, sobre todo, tu búsqueda tiene un sentido claro. Creéme yo tardé demasiado en pararme a hacer mi lista, de haberlo sabido me hubiera ahorrado muchos años de camino y muchos contratiempos. 

—Vale. Ok. Aunque no entiendo por qué me cuentas esto.

—Bueno, llevo un tiempo en la ciudad y no dejo de ver gente buscando cosas y caminando en dirección contraria. Acercarme a ti ha sido mi acto de valentía del día. Espero haberte ayudado.

—No lo sé, no estoy acostumbrado a que la gente me hable así. Pensaré en lo que me has dicho. Supongo. Oye, ¿y tú qué buscas?

—Yo busco la reciprocidad. ¿Puedes ayudarme?

—Sí, claro. Ahora vuelvo.

—Si quieres que te espere, te pido, por favor, que vuelvas de verdad porque no es la primera vez que espero y nadie vuelve.

—Claro, dame unos minutos.

Cómo ya supondrás los minutos, se convirtieron en horas. Y en otra época de su vida se habrían convertido, incluso, en meses o años.

Pero hoy no.

Miró el reloj. 

Tres horas.

Caminó unas calles, para no sentir que seguía esperando y sacó su lista de valores.

Se fijó en que estaba más vieja de lo que recordaba. No quería pararse en detalles, quería releerla, pero al observar lo sucia y ajada que estaba se dio cuenta de algo que había pasado por alto en su búsqueda:

Hacía mucho que no la actualizaba. 

Y para poder funcionar la lista debía corresponderse siempre con sus metas. 

Su lista de valores no solo era la lista con la que había conseguido alcanzar la felicidad. 

Y más tarde la paz.

La lista era el camino correcto para alcanzar cualquier objetivo y si, con los años, sus objetivos habían cambiado, sus valores también debían hacerlo.

Leyó en silencio. 

Una punzada atravesó su corazón rebosante de verdad incomprendida. Y lo vio claro:

Su vida había cambiado.

Sus objetivos habían cambiado.

Y sus valores debían cambiar.

Vio como aquellos que habían dado sentido a su existencia y sus relaciones durante tantos años morían ante sus ojos.

Lloró. Sabía lo que le esperaba.

Ya lo había experimentado al encontrar sus otras metas, y sabía que tenía un largo camino por delante: duelos y despedidas, nuevos comienzos y cambios, cambio de rumbo, cambio de actos, equivocarse, levantarse… pero valía la pena. La meta era gigante:

Ansiada reciprocidad.

La saboreo igual que, en su momento, saboreó la felicidad antes de obtenerla. 

Igual que, en su momento, sintió la paz antes de encontrarla.

Así empezaba siempre la aventura:

Saboreando la meta.

Decidió que lo primero que debía hacer era moverse. La ciudad y sus habitantes ya habían hecho lo suficiente y ese no era su lugar. 

Caminó. Volvió a la naturaleza.

Esquivó muchas rocas afiladas que, gracias a su experiencia, ya veía venir de lejos. Llegó un momento en que le hacían gracia, se movían para tratar de hacerle daño, pero ya no podían. Y al dejar de temerlas, dejaron de aparecer.

Volvió a su hogar.

Abrazó a quiénes anhelaban su vuelta rebosantes de sonrisas, y miró a los ojos su auténtica vida.

Lo vio tan claro. Siempre había estado allí.

Y, al igual que todos los demás, ella había estado buscando en dirección contraria.

Sintió compasión.

Sonrió. Porque supo, inmediatamente, que si no hubiera salido a buscarla, jamás habría sido capaz de reconocerla. Aúnque estuviera ante sus ojos.

Y entonces,
al fin,
la reciprocidad abrazó a la mujer
que dejó de buscarla y aprendió a reconocerla.

*

Y tú ¿sigues buscando?

¿Qué buscas en realidad?

¿Seguro que no lo tienes ya delante?

Ariana.
Primavera de 2026.

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