Hoy pasó Ángel

Lo miré. 

Le vi de lejos. 

Me miró. 

Levanté la mano, tímidamente, en forma de saludo contenido.

Él también la levantó. 

Crucé la calle.

— Hola. ¿Eres Ángel?

— Sí, yo soy Jose Ángel.

— Yo soy Ariana, fuimos juntos a clase en el colegio— asintió con la cabeza mientras sonreía y nos estrechamos la mano mientras yo proseguí—. Me alegro mucho de verte. ¿Qué tal estás?

— Muy bien, ahora vivo en un pueblo de los alrededores.

— Yo también vivo en un pueblo aquí cerca. Me presta muchísimo verte tan bien, Ángel. 

Hablamos un poquito más, y los dos nos despedimos con una sonrisa en nuestros rostros. Una sonrisa que, estoy segura, duró unos cuantos pasos más para ambos. 

Y ahora, mientras escribo esto pienso:

¿Sabes qué, Ángel? 

Si te hubiera encontrado con 20 años no te hubiera saludado, no hubiera dado el paso de cruzar, me hubiera quedado en la sonrisa lejana de una desconocida. No te hubiera dicho “soy yo, me acuerdo de tí y estoy feliz de verte». 

¿Sabes por qué, Ángel? 

Por muchos motivos, creo que por mi timidez, también por mi inmadurez pero, sobre todo, por las tonterías que nos metieron de niños en la cabeza. 

Tonterías como que tú y yo éramos muy diferentes. Tonterías que aseguraban que una de las dos personas era superior a la otra. Que una era mejor y más capaz. Tonterías de los 90.

Tan equivocados nos educaron, compañero.

Y, hoy, como la adulta que soy, no lo dudé. Bueno un poco sí. Mi yo tímido e inseguro dudó un instante; la del miedo a ser rechazada, a no ser recordada por ti, a sentirse tonta… esa sí dudó, pero poquito, porque cada día es más pequeña.

Por suerte, hoy, la otra fue más fuerte. La que elige vivir desde el amor y no desde el miedo ganó el pulso imaginario.

Hoy, esa mujer de casi 40 años que lleva toda su vida tratando de aprender de sus errores nos regaló un bonito momento a los dos. Y con ese regalo improvisado, ella creció un poquito más.  

¿Pero sabes lo más importante, Ángel? 

Quizás yo di el paso, pero fue tu maravillosa sonrisa y tu respuesta al verme las que me han regalado un amanecer precioso hoy a mí.

Gracias, Ángel. Gracias por ese regalo. Por haber hecho mi día mejor de lo que hubiera sido sin nuestro encuentro, sin tu sonrisa. Muchas gracias.

Ojalá, cuando eramos pequeños, yo hubiera sabido lo que sé hoy. 

Ojalá, cuando tú y yo éramos pequeños, nos hubieran sabido transmitir lo que hoy sabemos. 

Que ninguno de los dos era más que el otro. Que las diferencias son riqueza en nuestras aulas. Porque las diferencias hacen ricos nuestros corazones. 

Porque, al fin y al cabo, tú sólo tenías un cromosoma más que yo. Nada más. 

Con cariño, para ti, compañero,
por las diferencias que nos hacen únicos.
Ariana

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